como oferta, y las densidades habitacionales, planteadas
como demanda, es posible conocer la correspondencia entre
la estructura espacial y la vitalidad socioeconómica de los
corredores urbanos y evaluar la inserción del sendero
peatonal y ciclista estudiado. Con esto se contribuye a
demostrar como la movilidad activa no depende
exclusivamente de la disponibilidad de infraestructura
adaptada, sino de la interacción de los factores subyacentes
de la estructura topológica de calles y el tejido urbano
existente.
El objetivo es establecer un proceso metodológico que
permita identificar la integración de un sendero peatonal y
ciclista con su contexto urbano, mediante el uso mixto de las
métricas de la configuración topológica de la red vial
peatonal generadas de un análisis sintáctico espacial y la
suma de los elementos atractores detectados por medio de un
levantamiento de usos del suelo y la demanda existente
caracterizada por las densidades habitacionales.
Como objetivo específico se busca la aplicación de la
metodología de la Sintaxis Espacial (Space Syntax) en el
área de estudio, con atención en el sendero analizado, para
determinar las métricas de conectividad, integración y
elección.
2. Revisión de la literatura
La morfología urbana es entendida como la suma de la traza
urbana o red vial, los usos del suelo y las densidades
habitacionales (Conzen, 1960; Oliveira, 2017; Solís Trapero
et al. 2019). La traza urbana actúa como soporte topológico
para los desplazamientos, lo cual, dependiendo de su
configuración, restringe o visibiliza los movimientos de la
población, determinando el grado de conectividad,
integración y permeabilidad que ofrece la infraestructura
destinada a los peatones y ciclistas en configuración
determinada (Castro & Delgado, 2025). Cuando la
configuración topológica del entramado de las calles es
fragmentada o discontinua por diversos elementos, como los
bordes urbanos (avenidas o carreteras de sección amplia) o
los fraccionamientos cerrados, los movimientos de la
población se restringen y disminuyen afectando de forma
directa a quienes se desplazan por medios activos: peatones
y ciclistas (Martí, 2024).
Estudios han demostrado que una traza urbana con amplia
redundancia, como son los patrones ortogonales, en retícula
o grids, fomenta la presencia de mayor movilidad activa por
parte de la población junto con otras variables como el perfil
socioeconómico, la densidad urbana y los usos del suelo
(Ewing & Cervero, 2010). De igual forma, se ha encontrado
que una alta proporción de intersecciones generan manzanas
más cortas y posibilitan mejor los desplazamientos en
medios no motorizados por la población, al mismo tiempo
que obliga a una reducción en la velocidad de rodamiento de
los vehículos (Koohsari et al., 2016). Caso contrario, las
trazas urbanas con patrones espaciales más jerarquizados,
como las soluciones ramificadas o las calles cerradas (cul-
de-sac), limitan la conectividad y reducen las alternativas
para movilidad activa al generar mayores distancias de
recorrido, más tiempo de viaje y una alta concentración de
tráfico vehicular en avenidas colectoras (Barrington-Leigh et
al., 2019; Nag et al., 2022).
Los usos del suelo son otro de los elementos que constituyen
a la morfología urbana. Representan las actividades que se
realizan en el espacio, las cuales desencadenan el origen y
destino de los movimientos, incluidos aquellos que son parte
de la movilidad activa. Los usos del suelo determinan la
dirección, la intensidad e incluso el horario y la frecuencia
de los traslados, por lo que su distribución espacial se
constituye como otro factor determinante para la movilidad
urbana. Los patrones de distribución espacial que muestran
una configuración de mezcla e integración de varios usos del
suelo generan una mayor proximidad entre las zonas
habitacionales, los equipamientos (incluidas las áreas verdes
y las áreas abiertas) y las zonas comerciales y de servicios,
con lo que se disminuye el promedio de las distancias en los
traslados de la población.
Esto contribuye a que la movilidad activa sea una alternativa
factible frente al uso de los vehículos para desplazamientos
cotidianos (Cerin et al., 2018). Por el contrario,
zonificaciones con un modelo espacial más segregado y con
mayor especialización territorial propician recorridos más
extensos, lo cual puede sobrepasar los umbrales de tolerancia
para traslados no motorizados (1 a 2 km para peatones o 5 a
10 km para ciclistas), desincentivando la presencia de la
movilidad activa como alternativa (Cerin et al., 2022).
Finalmente, está la densidad como otro elemento
constituyente de la morfología urbana. Se entiende como
densidad a la intensidad de uso en una localización espacial,
lo cual concentra más actividad en un menor espacio. Siendo
el uso habitacional (medida en viviendas por hectárea) el de
mayor presencia en las áreas urbanas, la densidad
habitacional es la que mayor impacto tiene en la
determinación morfológica de las ciudades, seguida de la
densidad de usos comerciales y de servicios.
A mayor densidad de uso, la ciudad se vuelve más compacta
y se pueden reducir las longitudes de los traslados de la
población. Sin embargo, la densidad por sí misma tiene una
menor influencia en los movimientos que realiza la
población por medio de la movilidad activa pero en
conjunción con patrones de uso de suelo mixto, potencializa
los traslados a pie y en medios no motorizados de los
habitantes (Stevens, 2017). Para el caso de morfología
urbana con densidades habitacionales menores, se propicia
la dispersión y alargamiento de las manchas urbanas lo que
puede contribuir a mayores longitudes en los recorridos y